Young girls

Esa noche Gabi se acostó pronto. Quería levantarse al día siguiente con fuerzas para emprender su búsqueda de empleo en la ciudad. Se preparó un té de frutas en la cocina, le dio las buenas noches a Kevin y se metió en su habitación. Cuando sólo habían pasado tres segundos la puerta se abrió de nuevo.

– Me dejaba el libro- dijo inclinándose sobre la mesita de cristal del salón.

Kevin estaba sentado en el sofá e hizo el amago de quitar los pies, pero al darse cuenta de que no era necesario, mantuvo la postura. Gabi le sonrió a modo de agradecimiento.
– Gorgeous- dijo Kevin justo cuando ella salía por la puerta.

Gabi retrocedió un paso. – ¿Si?
– Puedes dormir en mi habitación si quieres. A mí me encantaría.
– Si…Kevin quería hablar contigo de esto. Lo que pasó ayer fue genial. Fue una buena noche. Y tú me gustas. Pero quiero tomarme las cosas con calma. Nos llevamos bien y creo que estamos cómodos viviendo juntos, pero yo necesito tiempo.

Kevin la observaba desde el sillón con una actitud despreocupada. Tenía una seguridad en sí mismo que nunca le abandonaba.- Lo que tenga que ser será- dijo finalmente.- ¿No?
– Sí, eso es justo lo que quería decir.

Los dos rieron sutilmente.
– Good night love.
– Good night.

El reloj del móvil marcó las ocho y media y la canción Young Girls de Bruno Mars, empezó a sonar. Gabi dejó caer el brazo al suelo. Palpó con la mano el libro, después la taza de té de la noche anterior y finalmente llegó al teléfono. Con los ojos entrecerrados empezó a divisar la pantalla.- Las ocho y media- corroboró. Pero dejó la música sonar.

Le encantaba esa canción. Y, como la mayoría de la gente, odiaba la clásica alarma atronadora del despertador. Así que hace un par de semanas, cuando se enteró de que podía empezar el día con Bruno Mars cantándole al oído, sus mañanas cambiaron. Desde entonces se lo recomendaba a todo el mundo.

Cogió la taza y la llevó a la cocina. Era americana, con una barra de mármol que daba al salón. Kevin ya se había ido a trabajar y el piso estaba en silencio. Las nubes del día anterior se habían mudado a otra parte y el sol entraba por la ventana. El reflejo que proyectaba la mesa de cristal iluminaba toda la habitación. El día invitaba a salir. Gabi lavó la taza con un poco de agua y se sirvió un café. Luego puso una rebanada de pan en la tostadora y, mientras esperaba, sacó de la nevera mantequilla, mermelada y un brick de zumo de pomelo.

Cuando le daba el último sorbo al café miró el reloj del horno. Las nueve y cinco. Debía darse prisa en arreglarse si quería que le cundiese la mañana. Una ducha rápida, la ropa que tenía preparada sobre la silla, un poco de maquillaje, un repaso al pelo con las planchas y lista. El reloj marcaba las nueve y media.

El sonido de sus tacones evidenciaba sus prisas. Un último paseo al cuarto de baño para coger el brillo de labios. De vuelta a la habitación para echarse el perfume. Y por fin, atravesó el salón hasta la puerta principal. Antes de salir y ya con la puerta abierta echó las manos al bolso. “¿Llevo las llaves?” pensó.

Todavía sumergida en el interior de su Michael Kors dio unos pasos hacia fuera.
– Hola- escuchó mientras algo le atropellaba el pie. Gabi levantó la vista y vio a una mujer joven, guapísima, portando un carrito con un bebé.- ¡Ay lo siento!- se disculpó la desconocida retrocediendo torpemente con el carro.
– Nada, nada- dijo Gabi sonriendo. Su acento le resultó familiar.
– ¿Tú eres Gabriela no?- preguntó la mujer devolviéndole la sonrisa.
– Si…
– Soy Chloe, la hermana de Kevin -aclaró mientras extendía la mano para saludarla.

En ese momento Gabi se dio cuenta de que la suya todavía estaba dentro del bolso. La sacó y le devolvió el saludo. No duró más de lo normal, pero le dio tiempo a observar más detenidamente la cara de Chloe. Era una mujer espectacular. De las que quitan el hipo. Su piel tenía un perfecto color tostado. Su pelo era de anuncio. Con unos rizos definidos y brillantes. Sus ojos verdes eran más grandes de lo habitual, pero combinaban de manera armoniosa con su pequeña nariz. Al soltarse las manos Gabi miró hacia abajo.
– Y él es Thomas ¿no?- dijo inclinándose sobre el carrito. Dentro, un bebé gimoteaba y observaba todo a su alrededor con los ojos muy abiertos.
– Si- dijo la madre con una cara de orgullo y felicidad que no podía disimular. Le tapó las piernecitas con la manta.
– Es precioso- dijo Gabi. Y no mentía.
– Bueno, qué vas ¿a dar una vuelta?
– Pues en realidad no. Iba a salir a buscar trabajo.

Chloe levantó las cejas.- ¿Y qué tienes pensado?
– En un hotel me encantaría. Pero todavía no hablo bien inglés como para tratar con los clientes.
– En un hotel…- repitió Chloe pensando en lo siguiente que iba a decir-. ¿Y tiendas no?
– Sí. De hecho iba a empezar por ahí, ayer le estuve comentando a Kevin que podría intentarlo en Zara. Creo que cogen a muchos españoles.
– Pues ahora que lo dices ¡yo tengo un amigo trabajando allí!, en la tienda de Piccadilly, ¿sábes dónde está?
– Creo que si.
– La parada de metro se llama así. Es muy fácil. Pues vete para allá y pregunta por Sam. Dile que eres amiga mía. Seguro que te echa una mano.

A Gabi se le iluminó la cara. Hacía unos minutos no sabía ni por dónde empezar y ahora tenía una oportunidad y un buen contacto. Se alegraba de haberse encontrado a Chloe justo antes de salir.
– ¡Gracias!- contestó emocionada.- Empezaré por ahí.
– De nada mujer. A él le cogieron hace tres meses y está muy contento. Vete tranquila. Nosotros esperamos aquí a Kevin- dijo Chloe mientras entraba en la casa. –Si se retrasa iremos a dar un paseo. Por cierto, ¿tienes llaves?

Gabi, en un gesto instintivo, puso la mano derecha sobre el bolsillo de sus vaqueros y palpó las llaves.
– Sí, tengo.

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