Chica

Voy

El tren se detuvo en Diagonal y decenas de pasajeros salieron del vagón al mismo tiempo. Las caras de la multitud dejaban adivinar que eran horas muy tempranas. Gabi subió las escaleras del metro y salió al Passeig de Gràcia. Era julio y el termómetro de la parada de autobús marcaba veinte grados exactos.

Llegó al despacho a las ocho y veintiocho (era una de las pocas veces que no llegaba dos o tres minutos tarde) y al sentarse en la silla y arrimarse a la mesa leyó el postit que se había dejado a sí misma el día anterior. Sonrió. Junto al teclado del ordenador, entre dos bolígrafos sin tapón y una revista de moda de hace varias semanas, un papelito rosa fucsia rezaba: “Hoy va a ser un gran día”.

Josh estaba en la fotocopiadora muy concentrado en las hojas que iban saliendo de la máquina, las cogía una a una y las analizaba exhaustivamente. “Estará comprobando que la tinta no se haya corrido y que el texto esté bien encuadrado”, pensó Gabi. A continuación, cogió uno de los bolis y mientras lo mordisqueaba se recreaba en lo cuidadoso y perfeccionista que era “su hombre”.

Josh era muy atractivo, objetivamente lo era. Tenía el pelo castaño, medio rizado y alborotado lo que, a ojos de Gabi, le daba un toque salvajemente sexy. Sus ojos eran color miel, de esos que cambian con la luz del sol. Y su cuerpo…su cuerpo era una obra de arte, cada músculo estaba perfectamente definido, pero no en exceso. Después de un último repaso a las copias miró a Gabi, esbozó una sonrisa y se dirigió a su mesa.
-Hey Gabs. La jefa me ha dicho que te encomiende esta importante tarea-. Dijo con su encantador acento gallego mientras dejaba el montón de hojas sobre su escritorio.
– ¿Y qué tengo que hacer exactamente?-. Contestó Gabi con cara de desconcierto.

Él posó su mano sobre las copias. –Esto son las ofertas en viajes de este mes. Son folletos informativos para los clientes. Tienes que doblarlas en tres partes e ir colocándolos en el mostrador de la entrada-. Dijo con una sonrisa burlona.
– Vale. Creo que podré hacerlo.- Bromeó ella.

Josh le guiñó un ojo y se fue.

Desde que entró en la agencia de viajes hace un mes, siempre le habían encargado tareas poco trascendentales. Meter las fichas de los clientes en la base de datos, mandar emails informativos, hacer algunas llamadas y poco más. En realidad Gabi sabía que ese no era su sitio pero necesitaba dinero para pagar el alquiler, el agua, la luz y todos los gastos que se le habían venido encima al independizarse.

Recordaba el día en el que sus padres fueron a visitarla por primera vez. Fue a recogerles a El Prat por la mañana. La noche anterior habían hablado por teléfono y su madre había insistido en cogerse un taxi.- Déjalo hija, allí no tienes coche ni nada, ¿para qué vas a venir en metro para irnos luego los tres para allá?-le había dicho. Pero ella no hizo caso. A pesar de haberse ido de Madrid para vivir su propia vida y escapar de la súper-protección de sus padres, les echaba de menos y estaba deseando verles.

El pisito que había encontrado estaba cerca del trabajo y era muy luminoso, pero sólo tenía una habitación. Sus padres tuvieron que alojarse en un hotel cercano durante el fin de semana. Después de subir los cuatro pisos sin ascensor, Gabi sacó las llaves y abrió la puerta de su nuevo hogar. –¡Pues esto es!- dijo con una sonrisa nerviosa. Su padre empezó a andar hacia el interior del pequeño salón mientras el parqué rechinaba bajo sus pies.

La madre, sin embargo, fue directa a la cocina. Gabi optó por quedarse en el hall, desde donde podía observarles a los dos.
– Tiene mucha luz-dijo su padre mientras seguía analizando cada rincón con la mirada.
– Sí, ¿verdad? Y es bastante céntrico. Siéntate papá- dijo Gabi acercándose a cogerle la chaqueta- el sofá no es tan incómodo como parece.
– Gabi ¿qué es esto?- dijo la madre desde la cocina.

Ella y su padre se miraron.
– ¡Voy!

Cuando llegó, la madre sostenía un vaso con agua. Su cara tenía esa inconfundible expresión de desaprobación que Gabi tanto temía.
– ¿Por qué sale el agua marrón?
– Es sólo al principio mamá. Si esperas un poco acaba saliendo limpia. Las cañerías son viejas, el edificio es viejo. Pero la casera me ha dicho que lo solucionará.
– Esto no se soluciona tan fácilmente- dijo la madre mientras tiraba el agua.
– Sólo pasa a veces.

Su madre dejó el vaso en la encimera, clavó la mirada sobre Gabi y salió de la cocina. Ella fue detrás.

Al cabo de un mes el problema fue a peor. La casera no se hizo responsable del asunto y Gabi se vio obligada a llamar a un fontanero por su cuenta. Efectivamente, no fue tan fácil. Las cañerías estaban totalmente carcomidas y tuvo que gastarse un dinero que no tenía en arreglarlas. Nunca se lo dijo a sus padres.

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