Hotel

Rosas rojas

Gabi cerró la última habitación de la primera planta y fue hacia el ascensor. Mientras esperaba, miró el reloj. Cinco minutos para las dos. “Si siguiese en Barcelona estaría bajando a comer” pensó. Sin embargo, hacía ya dos horas que había tenido su descanso para el lunch y quedaba una para que terminase su turno. Las puertas del ascensor se abrieron y Marta estaba dentro.
– Te estaba buscando- dijo mientras se apartaba de la puerta para hacerle hueco.
– Dime.
– Tienes que bajar a recepción. Ha llegado un ramo de flores para una de las habitaciones. La 200 creo que es.
– Vale. Lo cojo y ya subo para hacer toda la planta.
– Ok. ¿Que tal el día?
– Bien, bien…- dijo Gabi con una sonrisa cansada.

Marta era española, pero llevaba diez años viviendo en Londres. Kevin la conoció cuando trabajaba como supervisora en el restaurante del hotel. Desde entonces habían mantenido el contacto. Marta, sin embargo, nunca había trabajado como housekeeping, entró directamente a ocupar el puesto de supervisora. Luego pasó a recepción y de ahí a manager. Cuando Phil, el antiguo director, se prejubiló, le dejó casi toda la responsabilidad del hotel a ella. Al fin y al cabo habían sido diez años de dedicación al oficio. Marta tendría unos treinta años y era una mujer inteligente y fuerte. Sabía perfectamente lo que quería para sí misma y, sobre todo, lo que quería de los demás. A pesar de que a Gabi le parecía un poco distante, reconocía que era una buena jefa.

La puerta del ascensor se abrió frente a la recepción.
– The flowers Chris?- dijo Marta mientras salían.

El recepcionista se agachó detrás del mostrador y se levantó con un gran ramo de rosas rojas.

Gabi entró en la habitación y dejó el ramo sobre el aparador. Colocó un poco las rosas que se habían movido en el trayecto y puso la nota justo delante, bien visible. Antes de irse, hizo lo que llevaba deseando hacer desde que las vio, metió la nariz entre las flores e inspiró. Sin duda, eran unas de sus favoritas. Pensó que la mujer de la habitación era muy afortunada, a ella le encantaría que su marido le enviase un ramo de flores al hotel.

¿Sería su marido? ¿Quizás no estaban casados? ¿Un amante? Sin duda unas rosas rojas no son las flores que envía un familiar o una amiga, así que esa idea quedaba descartada. Gabi sintió la necesidad de mirar la nota y despejar sus dudas. Sólo sería un segundo. Nadie tenía porque enterarse. Nerviosa, cogió la dedicatoria y la abrió rápidamente. Estaba en francés. Eran cinco frases de las cuales Gabi sólo entendió las dos últimas palabras: Je t’ame. Sus dudas seguían sin aclararse. Sólo confirmó que era una muestra de amor. En vista de que el regalo no le iba a aportar más pistas, quiso saber algo más sobre la mujer a la que iba dirigido. Echó un vistazo a la habitación. Sobre la moqueta, perfectamente colocados, dos pares de zapatos de Jimmy Choo. Probablemente se trataba de una mujer de alto nivel adquisitivo y con gusto por la moda. Gabi quiso abrir el armario y ojear la ropa, pero finalmente se contuvo, era demasiado arriesgado. Se limitó a observar desde la entrada. Junto a la cama, en la mesilla de noche, Eternity Woman de Calvin Klein. El olor todavía se percibía ligeramente en la habitación. Debía ser una mujer madura, pero de aspecto juvenil.

De repente, le vino una idea a la cabeza. Al final del pasillo, en esa misma planta, estaba el almacén con los productos de limpieza. Si los cogía, podría entrar de nuevo en la habitación y seguir descubriendo detalles sobre la desconocida sin levantar sospechas. Por algún motivo esa mujer despertaba una fuerte atracción en ella. Tenía la necesidad de seguir averiguando más cosas sobre la persona que se hospedaba en esa habitación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *