Londres

El Támesis puede esperar

Desde esa perspectiva el London Eye impresionaba todavía más. Estaban justo a sus pies y al mirar hacia arriba a Gabi se le encogió el estómago. Kevin no le había querido decir a dónde iban, pero al bajarse en la parada de metro de Waterloo empezó a sospechar. Hacía un par de días, mientras hablaban de la cantidad de turistas que visitan la ciudad cada año, Gabi mencionó que quería dar una vuelta en el London Eye y hacer el típico recorrido en barco por el río. Su compañero, con disimulo, tomó nota. Estaban tirados en el sofá y hablaban mirando la televisión. Kevin ni siquiera contestó cuando Gabi hizo aquel comentario, se limitó a hacer un sonido con la boca fingiendo que no le interesaba. Al ver la noria justo encima de ellos, Gabi no pudo evitar darle un beso en la mejilla. ¿Cómo iba a imaginarse que alguien a quien apenas conocía tendría un gesto así? El Támesis podía esperar.
– Gracias.
– De nada “gorgeous”- dijo él mientras le cogía la mano- vamos.
Eran casi las nueve de la noche y, sin la luz del sol, empezaba a refrescar. La gente que esperaba en la cola se ponía las chaquetas y las parejas se abrazaban para darse calor.
– Tranquila, nosotros no tenemos que esperar- dijo Kevin al ver que ella se abrochaba los botones de la “blazer”- pasa por allí- indicó poniendo la mano sobre su espalda.

Junto a la entrada principal había dos soportes de metal con una cinta roja custodiada por un guarda de seguridad. Kevin se sacó algo del bolsillo.
– He comprado las entradas por internet- le dijo a Gabi mientras se acercaban. Ella tuvo ganas de darle otro beso, pero se contuvo.

El hombre negro revisó el papel y asintió con la cabeza.
– “Five minutes”- dijo mientras se lo devolvía a Kevin.

La noria todavía estaba girando y tenían que esperar a que terminase la vuelta. Gabi metió las manos en los bolsillos y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Kevin la rodeó con el brazo sin decir nada, mirando al frente, como si el brazo no le perteneciese. Ella sonrió en silencio. En ese momento otras dos personas se colocaron detrás de ellos. Por lo que Gabi pudo observar de reojo era una pareja joven.

Cuándo el London Eye por fin paró, el portero les dejó pasar y los cuatro entraron en una de las enormes cabinas de cristal. Vistas desde cerca eran mucho más grandes de lo que se podría imaginar. Además, a pesar de que la intimidad en este tipo de atracciones siempre se paga y probablemente Kevin se había gastado un dineral, era todo un lujo poder estar prácticamente solos.

La máquina se puso en movimiento y empezaron a subir muy lentamente mientras comenzaban a apreciarse las dimensiones de la ciudad. Ya era totalmente de noche y las luces de colores, en contraste con la oscuridad del río, eran de lo más romántico. Gabi no podía dejar de pensar en lo atento que había sido Kevin, nunca se habría imaginado que él reaccionaría así por una conversación banal.

Ese es el London Bridge- dijo Kevin señalando el famoso puente.

Ella asintió- Sí, lo conozco.

Los dos se miraron y la sonrisa de Kevin resultó más encantadora que nunca. Alrededor de sus ojos aparecieron unas arruguitas que le hacían aún más atractivo y su color tostado se volvió más brillante debido al reflejo de la ciudad. Gabi quería abrazarle y esta vez no se podía contener. Cuando estaba a punto de lanzarse sobre él, una sonora carcajada rompió el momento. Las otras dos personas con las que compartían la cabina hablaban animadamente en otro idioma que Gabi no consiguió identificar. El hombre rodeaba con los brazos a la mujer mientras le susurraba algo al oído. Ella, muy relajada, reía sin parar por lo que él le decía.

Llegaron al punto más alto y la noria se detuvo. En la página web (que Gabi había visitado varias veces) ponía que la atracción se paraba durante diez minutos. El Támesis quedaba justo debajo, mucho más largo de lo que parecía a ras del suelo. Inmóvil y expectante, proyectaba la imagen de una ciudad que, desde las alturas, parecía aún mas viva. La otra pareja había terminado la conversación y disfrutaba de las vistas en silencio. Ellos dos tampoco hablaron, se dedicaron a recorrer la capital con los ojos.

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