Rosas

Ségolène

Ya con todo preparado sobre el carrito de la limpieza lo empujó a lo largo del pasillo rumbo a la habitación número 200. Todavía no había entrado en el baño y estaba convencida de que aquella mujer tendría un montón de productos de estética carísimos. A medida que se acercaba, su curiosidad iba aumentando.
Pegó el carro a la pared y sacó la tarjeta maestra que abría todas las habitaciones. Cuando estaba a punto de colocarla sobre el detector, se percató de que la puerta ya estaba abierta. No estaba del todo segura de haberla cerrado, pero le resultaba extraño no haberlo hecho. Siempre tenía mucho cuidado con esas cosas.
– “Hello? Housekeeping”- dijo mientras entraba muy despacio.
Para su sorpresa alguien le contestó.- “Hi! Come in please. Im leaving in a minute”.
La mujer alojada en la habitación estaba de pie junto al aparador, leyendo la nota con una sonrisa. Ni siquiera levantó la vista cuando le indicó a Gabi que entrase, estaba totalmente concentrada en lo que leía.
Al igual que Gabi había hecho minutos antes, olió las rosas y suspiró.
– “My husband…”- dijo como si hablase consigo misma y todavía incapaz de borrar la sonrisa de su cara.
Tenía un fuerte acento francés que combinaba perfectamente con esa sofisticación que proyectaba desde el primer instante. Era una mujer elegante, no sólo físicamente, también en sus movimientos. Como Gabi se había imaginado, iba vestida de forma impecable. Con unos pantalones negros de raso que terminaban en unos preciosos Jimmy Choo con detalles de pedrería. En la parte superior, una blusa de seda sencilla que había adornado sabiamente con un collar de perlas.
– “They are beautiful”- apreció Gabi.
Sin darse cuenta la desconocida había despejado las dudas que había tenido hacía sólo unos minutos. Las rosas se las enviaba su marido.
– “Yeah, today is our anniversary”- siguió explicando.
– “Congratulations”- dijo Gabi mientras rellenaba la bandejita plateada con las bolsas de té.
Levantó la vista aprovechando que la mujer metía la nota en uno de los cajones de la mesilla. Tendría unos cuarenta y cinco años, pero sabía como maquillarse para aparentar unos pocos menos. Un elegante recogido le despejaba el pelo de la cara.
– ¿Eres española?- le preguntó la mujer mientras se giraba hacia ella.
A Gabi le sorprendió ese repentino comentario.- Sí.
– Yo hablo un poco. Soy francesa.
– Ya lo había notado- dijo Gabi riendo. Al segundo se arrepintió de haberle hecho un comentario tan poco acertado a una clienta. Esta podría sentirse ofendida. Cuando se disponía a dar una explicación, ella soltó una carcajada.
– Los acentos…- dijo la huésped suspirando.- ¿Y cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
– Sólo unos meses- contestó Gabi buscando otra tarea que poder hacer. Optó por colocar las almohadas.
– ¿Y te gusta?- dijo la francesa retocándose en el espejo.
– Bueno, no está mal. Pero no es lo mío- contestó Gabi abiertamente.
– ¿Qué quieres hacer?- dijo la mujer mientras metía el móvil en el bolso y se lo colocaba en el hombre.
– Quiero crear mi propio hotel.
La desconocida pareció sorprenderse ante la seguridad con la que Gabi había contestado. Se quitó el bolso del hombro y lo sostuvo en la mano.
– ¿Aquí en Londres?- preguntó intrigada.
– No, en Nueva Zelanda.
– Parece que lo tienes claro. Yo viajo mucho, por mi trabajo, pero en Nueva Zelanda nunca he estado, aunque creo que es precioso.
– Si…yo tampoco he estado nunca. Pero es el país donde mejor está el sector turístico, por algo será.
– Bueno yo soy Ségolène- dijo la mujer acercándose para darle la mano.
– Yo Gabriela- contestó devolviéndole el saludo.
– Encantada de conocerte. Me encantaría seguir charlando contigo, pero tengo que irme a trabajar.
– Claro, yo también tengo que seguir. Encantada.
Ambas se lanzaron una sonrisa cómplice.

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