Huele a ...

Huele a …

– ¿Quieres que salgamos a cenar?- preguntó Kevin después de llamar a la puerta. Estaba abierta así que, más que pedir permiso para entrar, fue una forma de llamar la atención de Gabi que estaba ensimismada leyendo en la cama.
– Si, me apetece- dijo ella dejando el libro sobre la colcha. Se incorporó un poco.-Qué buena tarde…-añadió mirando por la pequeña ventana de la habitación. Había una rendija abierta y entraba una brisa agradable. Todavía el sol no se había escondido y los comercios permanecían abiertos. En la terraza del Starbucks un grupo de cinco amigos reía a carcajadas captando la atención de la chica que estaba en la mesa de al lado. Esta hablaba por teléfono, quizás con la persona a la que estaba esperando. A su izquierda, un hombre, de unos cuarenta años, escribía en su portátil a gran velocidad parando sólo para darle pequeños sorbos al café. La calle estaba viva. Era viernes y la noche perfecta para salir a cenar.
– Avísame cuando estés lista- dijo Kevin. Volvió a tocar la puerta antes de irse. Esta vez dio sólo un golpe seco.

A los cuarenta minutos, Gabi ya estaba preparada y entró en el salón. Kevin, ya vestido, estaba en la cocina colocando los cubiertos limpios en el cajón correspondiente. Todavía tenía el pelo húmedo y unas gotas de agua habían caído sobre su camisa azul. Le quedaba perfecta, quizás un poco ceñida, pero eso hacía que se apreciase mejor su ancha espalda y sus brazos definidos. Los pantalones eran beige, bastante informales, y combinaban perfectamente con las “sneakers” azul marino de Ralph Lauren. Sin duda, Kevin tenía estilo.

A pesar de los metros que les separaban Gabi podía oler perfectamente esa colonia que tanto le gustaba. Un escalofrío le subió por la nuca. Recordaba perfectamente la primera mañana que pasó sola en la casa después de instalarse. Cuando se despertó tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Sobre la moqueta, la maleta abierta dejaba al descubierto la ropa arrugada y desordenada. Gabi se levantó. Hacía un par de horas que Kevin se había ido a trabajar así que se desnudó en la habitación y fue hacia el baño para darse una ducha. A medio camino, al pasar por delante de la habitación de su compañero, percibió un olor que le excitaba. Era inexplicable. Gabi no entendía como una colonia podía provocarle esas reacciones, pero sintió como se le erizaba el vello de los muslos. Se quedó un instante ahí parada, desnuda en la puerta de la habitación de Kevin, y finalmente se metió en el baño.

– Estás muy guapo – dijo Gabi apoyando los codos en la barra de mármol.
Kevin, que estaba de espaldas, se giró.
– Wow ¡Tú sí que estás guapa!

Gabi sintió como el calor se le subía a las mejillas. Pero, en el fondo, sabía que lo estaba.

Se había puesto unos vaqueros muy estrechos y unos botines de ante con un poco de tacón. Kevin era alto, medía alrededor de 1,87 así que no había riesgo de sobrepasarle. En la parte superior llevaba una camiseta blanca, bastante ajustada, con detalles de encaje. Como complemento estrella, un bolso negro y dorado de Michael Kors que se había comprado en Barcelona. No llevaba perfume.

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