Atardecer en Lisboa

Lisboa, bella decadencia

La luz atraviesa las cortinas blancas de la habitación que rápidamente descorremos para apreciar las impresionantes vistas. Estamos situados en el noveno piso de un edificio imperial en la zona de Entrecampos, a unos 5 kilómetros del casco antiguo. Nos han informado de que será mejor coger el metro para desplazarnos hasta allí, aunque en los días posteriores descubriremos que utilizar el coche tampoco es mala idea. Es nuestro primer día de nuestra primera vez en Lisboa y “en estos casos”, nos han advertido en Recepción, y dado que ya son las cinco de la tarde lo mejor es que cojamos el Metro hasta Marqués de Pombal, para luego hacer transbordo y bajar hasta Baixa-Chiado, donde saldremos casi a la altura de la conocida Plaza del Comercio, junto al imponente Tajo. (Vale destacar que el Metro consta sólo de cuatro líneas por lo que es muy fácil manejarse).

Sin embargo, dado que el tiempo acompaña y que somos de callejear y patearnos la ciudad, decidimos salir en Marqués de Pombal, mapa en mano, para bajar andando hasta el río por la Avenida de la Libertad. Así descubrimos a nuestra espalda el Parque de Eduardo VII, de considerables dimensiones y forma rectangular. Aquí la gente pasea o se sienta tranquilamente en el césped a charlar o leer. Después de hacernos unas cuantas fotos para informar a nuestros amigos de Facebook de que estamos aquí, empieza nuestro agradable paseo por la famosa Avenida de la Libertad, una calle muy ancha con tiendas (casi todas de lujo) a ambos lados intercaladas con bonitos restaurantes.

En unos quince minutos llegamos a Rossio, dónde encontramos a nuestra derecha el famosísimo Barrio Alto, que como buenos turistas primerizos estamos obligados a visitar. Sin embargo, es una zona de vida nocturna, ideal para cenar comida típica mientras escuchas un Fado. Son las siete de la tarde, un poco pronto para la cena. Preferimos seguir caminando hasta el Tajo y luego retroceder por el mismo camino. Así llegamos finalmente a la Plaza del Comercio, presidida por la estatua de José I. Decenas de turistas fotografían tanto a la figura de bronce del antiguo Rey como al Arco Triunfal de Rua Augusta, que queda a nuestra espalda. Al acercarnos a la orilla del río podemos ver, a nuestra derecha, el Puente 25 de Abril, por el que entramos en coche a la ciudad. Una vez más, disparamos con la cámara. Varias terrazas atraen a los turistas que allí se amontonan ofreciéndoles algo de comer y beber mientras disfrutan sentados de la plaza. Nosotros no vamos a ser menos. Nos decantamos por el Museo de la Cerveza, dónde algunos precios de esta bebida nos parecen excesivamente caros, pero nos comemos un pastel de bacalao (típico portugués) por unos 2,5 euros. El sitio es agradable.

Una vez concluido nuestro aperitivo, deshacemos el camino rumbo al Barrio Alto. Así nos topamos, casi por casualidad, con el Mirador de Santa Justa (situado en esta misma calle), donde una larga cola para subir nos ahuyenta como el repelente a los mosquitos. Volveremos en otro momento. Seguimos en dirección al Barrio y empezamos a callejear, totalmente perdidos, preguntándonos el uno al otro “¿será esto?” hasta que, por fin, nos adentramos en las calles más concurridas y descubrimos la peculiaridad del sitio. Infinidad de restaurantes ofrecen comida portuguesa mientras puedes escuchar un Fado (canto tradicional) en directo, se respira buen ambiente. Tiene el encanto de los barrios típicos de las ciudades europeas: pura tradición, pura historia. Cuidado con los precios: dentro de que Lisboa es barata, aquí encontramos algunos restaurantes con precios exagerados con la excusa de que es comida típica cuando, además, no lo es.

Como estamos de vacaciones, por supuesto, no madrugamos. Es nuestro segundo día. Tenemos en mente Belem, hay que visitar su famosa torre. Cogemos el coche y nos plantamos allí en unos 15 minutos guiados por los carteles. La torre es preciosa y custodia el río desde la orilla. Está rodeada de agua y hay que cruzar un puente en el que ya, de entrada, nos topamos con otra odiosa cola. Aprovechando la espera, investigamos en internet y descubrimos que varios blogs aconsejan no subir porque no merece la pena. El calor y el fuerte sol nos aconsejan lo mismo y abandonamos la cola para hacernos fotos desde la orilla. Nos quedan estupendas.

Una vez finalizada la sesión, nos acercamos a otro de los puntos clave de Belem: el Monumento a los Descubrimientos, una espectacular escultura de piedra frente al Tajo que homenajea a marineros, patrones reales y todos los que participaron en el desarrollo de la Era de los Descubrimientos. Orientados por el mapa, andamos hasta el Monasterio de los Jerónimos. Este nos ofrece un maravilloso paseo por sus jardines donde disfrutamos de sus fuentes y acueductos. Algunos lo consideran la visita turística más importante de Lisboa, y no desmiento que la cúpula y la fachada son espectaculares, pero nosotros optamos por apreciar su belleza desde fuera y omitimos la visita guiada por el interior.
El hambre aprieta y aprovechamos para visitar otro de los lugares que nos han recomendado y que hemos identificado muy cerca de donde estamos: Docas. El principal atractivo de esta zona es una hilera de restaurantes frente al río y junto al famoso Puente 25 de Abril. Los precios son asequibles y degustamos una auténtica variedad de comida típica con el bacalao como protagonista. Está todo delicioso.

Cuando no tenemos referencias personales, tiramos de internet, a veces funciona y otras no. En este caso, buscando desde el hotel un buen restaurante para la cena, damos con uno llamado Frade dos Mares, reservamos y nos plantamos allí a las 21.30. El sitio es pequeño pero muy acogedor y elegante. Nos llevamos una agradable sorpresa con la comida (tanto con la carne como con el pescado). Excelente relación calidad-precio.

Un buen baño en la piscina seguro que nos despeja para arrancar en el tercer día. El desayuno, que incluye los famosos pastelitos de Belem, también nos carga las pilas. Hoy tenemos pendiente subir al Elevador de Santa Justa, dicen que las vistas desde arriba merecen la pena. Llegamos al centro y, para nuestra sorpresa, hay bastante menos cola que el día anterior. Esperamos. Cuándo, pasados unos minutos, llegamos a la entrada pagamos los 5 euros correspondientes. Subimos en el ascensor hasta un primer piso en el que tenemos que mostrar de nuevo la entrada para llegar a lo más alto por una escalera de caracol. Las vistas están bien, pero hay que tener en cuenta que estamos en el centro de la ciudad, es decir, en la parte baja de Lisboa. No merece la pena pagar 5 euros teniendo miradores gratuitos en las zonas más altas.

Llega la hora de comer y por la zona descubrimos varios vegetarianos tipo buffet libre que están muy bien de precio. En concreto nos atrae uno llamado El Jardín de las Cerezas, tienen unos zumos naturales de frutas y verduras riquísimos.
Es nuestro últimos día en la bella Lisboa y no podemos irnos sin visitar el Castillo de San Jorge. Hemos llenado el maletero con el equipaje para salir directamente después de la visita, así que aprovechamos y subimos en coche. Otra vez, sin haberlo previsto, nos topamos con otro mirador (este gratuito), donde hay una agradable terraza para tomar algo mientras observas la ciudad desde lo alto: El mirador de Gracia.

Después de invertir en este lugar unos minutos largos subimos finalmente al Castillo. La entrada cuesta 8 euros, no es excesivamente cara para este tipo de atracciones. Atravesamos la muralla y nos encontramos de nuevo con otro mirador, este un poco más alto que el anterior, pero que, sinceramente, no tiene mucha diferencia. Pasear por el interior del castillo tiene el encanto del olor a historia. Ese momento en el que tu imaginación se dispara recreando la vida de los que allí vivieron. A pesar de ser bastante previsible, nos vamos con un buen recuerdo de la visita.

Nuestra escapada ha terminado y abandonamos por el norte esta ciudad de contrastes, llena de color en sus calles. Una ciudad con una fuerte presencia brasileña. Una ciudad europea que no termina de salir de la crisis pero que conserva el encanto de lo antiguo y decadente. Que aprovecha su rústico tranvía como atractivo turístico. Una ciudad de subidas y bajadas. Una ciudad que no deja indiferente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *