Chaouen, Assilah y Tánger


El pasado mes de abril visitamos por primera vez Marruecos, ese país tan próximo geográficamente a España y tan lejano en cuanto a cultura, religión y costumbres.
Empezamos nuestro recorrido en Tánger, a donde llegamos en Ferry desde Tarifa (Cádiz). Este trayecto resultó muy rápido y cómodo. Simplemente tienes que mostrar el pasaporte y rellenar un pequeño formulario con tus datos que se entrega en el interior del barco. El viaje dura una hora y media aproximadamente.
Tras desembarcar en Tánger, nos dirigimos con ayuda del GPS al riad que habíamos reservado. Las calles son estrechas y enredadas, es muy fácil perderse en el interior de la medina. Sin embargo, a base de recorrer a pie la zona, empiezas a ubicarte y aprendes a llegar al alojamiento identificando y recordando carteles, tiendas o edificios llamativos.
Es cierto que Tánger (y Marruecos en general) impresiona a los españoles. Sobre todo por su gente, que intentará venderte algo a toda costa, siguiéndote por la calle o pegándose a ti de forma un tanto invasiva. Reconozco que inicialmente no me sentía cómoda en la ciudad.
Como en cualquier viaje, se debe estar más o menos informado/a de a dónde vas. Nosotros visitamos varios blogs y páginas de información sobre Marruecos que ya nos habían alertado de la insistencia de sus habitantes en captar la atención de los turistas. En este país te verás repitiendo «no» constantemente.
Pasamos en Tánger la primera noche, en un riad precioso, limpio y cuyo dueño nos trató con extrema amabilidad. Se llama Dar Nakhla Naciria
Como cualquier persona que visita por primera  vez el país, entramos en el alojamiento con cierta expresión de agobio y desconcierto. Algo que el propietario captó rápidamente e intentó paliar con un «¿tenéis hambre?». Mi pareja y yo contestamos que sí.
Nos llevó entonces, acompañados de otra pareja de inquilinos del riad, a un restaurante que, por supuesto, era de un amigo suyo. La pareja que nos acompañaba, compuesta por un español y una chilena, nos explicaron que llevaban allí ya 3 o 4 días y que ya les habían llevado a ese mismo lugar el primer día. La comida estaba muy rica.
Otra experiencia maravillosa fue el desayuno en el propio riad a la mañana siguiente. Mejor que el de muchos hoteles europeos en los que he estado.

Ese mismo día, cogimos un coche de alquiler (previamente reservado desde España) para desplazarnos hasta Assilah (Arcila), un pueblo costero característico por sus calles blancas perfectas para perderse. -A cada pocos metros, encontrarás también preciosos murales de colores-. Tiene una médica amurallada espectacular donde encontramos un riad que nos conquistó, una vez mas, por su riquísimo desayuno.

Es un pueblo pequeño que podrás recorrer y disfrutar en un día, con una playa que no merece especialmente la pena ya que no está muy limpia y no hay prácticamente nadie.

Por la noche comimos en un restaurante regentado por una española que nos gustó mucho, se llamaba: Zahora, en Avenue Mellilal, Asilah, Marrocos

Al día siguiente, partimos hacia Chefchaouen, el pueblo azul de las montañas. Situado en una colina, con todas las paredes de sus casas teñidas de color cían y unas cuestas imposibles, Chaouen es un pueblo para desconectar, a pesar de los turistas que inundan sus calles. Hay varios restaurantes donde comer a buen precio, aunque conviene alejarse un poco de la plaza central para que sea más económico.

Aquí visitamos la Alcazaba, cuya fachada da a la plaza y que nos encantó recorrer por dentro, tanto los jardines como el interior del torreón.

Por supuesto es imprescindible pasar por la plaza central del pueblo, además, lo harás varias veces aunque no quieras.

El resto del tiempo lo bonito es callejear, llegar a pequeñas plazas donde los hombres toman el té y subir y bajar las escaleras de sus empinados callejones.

Al contrario que Tánger o, en menor medida Assilah, Chefchaouen ofrece seguridad y calidez al turista. En el resto de Marruecos, a pesar de que por supuesto encontramos personas maravillosas que fueron muy amables con nosotros, como mujer no me sentía del todo cómoda caminando por sus calles a cualquier hora del día (repito que hablo como mujer moviéndome sola, probablemente los hombres no perciban las mismas sensaciones). Sin embargo, en Chefchaouen puedes pasear con total libertad y sus habitantes están más que habituados a la presencia de turistas que provienen de todas partes del mundo.

Al estar rodeado de montañas, permite dar maravillosos paseos por el campo. Nosotros subimos hasta el mirador de la muralla, desde donde podrás hacerte unas fotos preciosas.

Aunque las mejores vistas, en mi opinión, las encontrarás al subir a la mezquita española en lo alto de las montañas. La verás constantemente desde el pueblo cuando mires a la cumbre. No se tarda mucho en subir, hay un sendero específico para llegar hasta allí y te acompañarán un buen puñado de extranjeros, así que no tiene pérdida

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